CINE,  OPINIÓN

Algo parecido a una reseña de  la película: “Call me by your name”

En su esencia más básica, Call Me By Your Name o “Llámame por tu nombre” en español, es una simple historia de amor. Basada en la novela del mismo nombre de André Aciman, la película explora de una manera magistral el primer amor de Elio, un chico de 17 años quien parece tropezarse con sus impulsos, sus deseos y sus sentimientos. Oliver, el invitado ese verano para trabajar con el padre de Elio como pasante en su investigación, quien es mayor, más estudiado, más “en control”, despierta en Elio emociones y reacciones que son desconocidas pero exhilarantes a la vez.

La película se desarrolla “en algún lugar al norte de Italia”. Esta ambigüedad no es casualidad, pues el verano en Italia es solo otra representación de lo mágico, cómodo, pacífico y caliente del amor que florece entre los personajes. La fruta, el agua, los colores y el constante humo de los cigarros compartidos ambientan y profundizan una intimidad de cual parecemos ser silenciosos espectadores. Sin embargo, mientras el escenario para esta historia de amor es aparentemente perfecto, las actuaciones y los diálogos indican que esta relación se desarrollaría hasta en el rincón más intrépido de nuestro mundo. Elio invita a Oliver a sus lugares favoritos, los lugares donde va a pensar, a leer, a crear; lugares donde ha crecido, aprendido y donde se ha conocido como persona. Siendo un creativo, un músico por naturaleza, Elio se abre a presentarle diversas partes de si mismo a Oliver. Sin embargo, los grandes saltos en su relación no son dependientes de donde están ni de lo que se comparten, si no de su mera compañía y presencia.

La conexión en pantalla es lenta, sutil en un principio. No hay grandes declaraciones de amor ni exagerados gestos románticos. Son esas pequeñas cosas que a simple vista podrían indicar una enemistad, rencor, hasta odio. Sin embargo, son caricias, son miradas, son pequeños gestos de preocupación por el otro. Son preguntas retóricas y cortantes, son momentos de silencio, son movimientos sin filtrar de burdo deseo sexual. Son esas pequeñas cosas que experimentamos todos durante nuestra caída libre en el primer amor. Es el no saber como actuar pero actuar queriendo. La química en pantalla y en particular el miedo constante que demuestra tener Elio, hacen la relación y el progreso de la misma, un aspecto identificable para el espectador.

Muchas escenas me causaron cierto sentimiento de nervios, tal vez hasta de miedo. Se sabe, desde un inicio, que el resultado de estas interacciones, de esos intercambios de palabras es amor, y en particular un amor que se va a realizar. No creo ser la única a quien la película le trajo recuerdos de estar en esa posición, de los momentos que te dejaban alterada, con un poco de pena, con un poco de temor pero con alegría. Y en realidad, es que esa es la sensación que mas recurrió en mi viendo la película; un sentimiento de alegría diluida con nervios y miedo, pero de entera y concreta alegría en fin.

Una de las cosas que más aprecié de la película, fue la poca importancia que se le dio al tema de la homosexualidad al desarrollarse la trama. Hay muy poca mención de que es una relación “prohibida”, o de que habrá quienes no estén de acuerdo. Es una historia de amor, pura, real, definida y con poca resistencia por parte de otros personajes, el ambiente o el tiempo a pesar de tratarse de una relación homosexual. Elio y Oliver representan a todo enamorado joven, impulsivo, honesto, franco y desesperado. Además, como personas, son intelectuales, estudiados, talentosos y curiosos. Oliver es un estudiante de doctorado, enfocado en la arqueología y la historia. Elio, por su lado, es un dotado tocando el piano, constantemente transcribiendo música de oído y haciendo arreglos sobre arreglos simplemente para pasar el tiempo. Son individuos con intereses definidos y fue refrescante para mi que el enfoque estuviera en los individuos y en la pareja por quien son como personas, no por su orientación sexual. El único requisito para un espectador sentirse identificado con esta historia es creer saber algo del amor.

Rescato un diálogo excelente, escrito y retratado entre Elio y su padre cerca del final de la película, cuando ya el amor parece no tener otra solución que caducar. En pocas palabras, su padre hace introspección de su propia vida, lo que ha dejado sin hacer, sin explorar. Le urge a su hijo a sentir, sentir completo y sentirlo todo. “Nos arrancamos tantas partes de nosotros mismos para curarnos de las cosas más rápido, que terminamos en banca rota a los treinta… Pero no permitirte a ti mismo sentir esto, para terminar no sintiendo nada, que desperdicio”. Cuantas veces no nos cerramos a los sentimientos, en específico a aquellos sentimientos pesados, los de dolor, de angustia, de rencor, de incredulidad por lo que ha pasado, en un intento desesperado de no rompernos, no caer. Pero ¿es posible no sentir lo malo, sin dejar de sentir lo bueno? ¿Es posible guardar la alegría, la paz, el amor sin dejarnos sentir sus contrapartes, lo que viene después? Sentir, obligarnos a sentir, es crecer. Es envolver lo que vivimos y experimentamos tanto solos como de la mano de las personas que nos cruzamos y encapsularlo dentro de nosotros mismos. Sentir es conocernos, aprender como sobrellevamos los problemas, vernos frente a un espejo ante el dolor. Sentir es apreciar, valorar los momentos que son tuyos, aquellos que no están manchados ni por el recuerdo ni por la incertidumbre. Sin estos momentos de lucidez dentro de nuestro sentir, que comienzan esporádicos y se vuelven más seguidos hasta que ya no sentimos lo que nos pesa sino que cosas nuevas, sería imposible mirar atrás y apreciar la alegría, la paz, o el amor que comenzó todo.

“Solo recuerda, nuestros corazones y nuestros cuerpos son entregados a nosotros solo una vez. Y, antes de lo que te des cuenta, el corazón se te desgastó … En este momento, hay pesar, dolor… no lo mates, que con ello te llevarías la alegría que sentiste”.

By: Dalia Pichel

UNITY SOCIETY 

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